Firmin es el título de la primera novela de Sam Savage, un estadounidense doctor en filosofía por la Universidad de Yale con pinta de Robinson Crusoe. Firmin narra en primera persona su vida desde su nacimiento en el sótano de una librería junto a doce pequeños hermanos-rata, más fuertes que él y que se aferraban a las doces tetas de mamá-rata: me he pasado toda mi inútil existencia tratando de encontrar la decimotercera teta. Y Firmin intentó buscar el sentido a su existencia royendo y rumiando y leyendo las grandes obras de la literatura universal: lo único que encontré al llegar fue un trozo de lechuga; sabía igual que Jane Eyre. Mientras su familia emigra en busca de alimento, Firmin pasa noches enteras leyendo y alimentando una ingente imaginación que, a la larga, supone la base de su raciocinio y su fatalismo. Queda en evidencia que los problemas metafísicos nacen en la inteligencia: si hay algo para lo que resulte útil una formación literaria es para dotarlo a uno de un sentido de la catástrofe. Firmin no era como sus hermanos, tenía inquietudes y aspiraciones que se generaron en su constante humanización:
Los demás miembros de mi familia fueron muy afortunados, en cierto modo. Gracias a la enanez de su imaginación y el corto alcance de su memoria, no era gran cosa lo que pedían: más que nada, comida y fornicación, y de ambas dispusieron en cantidad suficiente como para ir tirando mientras les duró la vida. Pero eso no era vida para mí. Como cualquier idiota, tenía aspiraciones.
Firmin, en definitiva, es una novela cargada de alegorías que arranca más de una sonrisa y provoca más de una reflexión, un libro encantador que difunde el valor de la literatura y nos enseña a qué saben Proust o Stevenson.