El Perú: Más Zapatilla Que Miel (5 de 5: Selva Amazónica)


Estampa del afluente del Amazonas con la característica vegetación de palmeras de agua.

Si tu viaje transcurre por la parte sur de Perú, como es el caso, y quieres conocer la inmensa selva de la cuenca amazónica, las agencias de viajes -y el sentido común- te recomiendan acercarte a Puerto Maldonado. Capital de la Biodiversidad del Perú y del Departamento Madre de Dios, Puerto Maldonado cuenta con apenas cien mil habitantes y a su orilla el río Tambopata desemboca en el río Madre de Dios.

El Madre de Dios es precisamente navegable y manso desde Puerto Maldonado hasta su desembocadura en el río Beni y tiene un caudal medio aproximado al de doce ríos Ebro. Para imaginar la bestialidad del Amazonas, el Beni es afluente del Madeira, que a su vez desemboca en el mastodonte amazónico. El Amazonas tiene un caudal similar al de 45 ríos Madre de Dios y en su desembocadura en el Atlántico tiene una distancia entre riberas de 330 km, casi nada. Desde hace pocos años, además del río más caudaloso, el Amazonas se considera el río más largo del mundo por delante del Nilo. Nace en Perú y es la ciudad de Iquitos, en el norte del país y por tanto lejos de nuestra ruta, la considerada capital de la amazonía peruana.

Cuando aterrizas en Puerto Maldonado y se abren las puertas del avión, el calor y la humedad te dan la bienvenida de agresivo golpazo. Desde la considerable altitud fría de Cuzco, se desciende hasta los 139 msnm en un entorno característico por su elevada humedad. El sudor, en esta región, es omnipresente, incómodamente omnipresente.

A nivel económico, se detecta de un vistazo que están un paso por detrás de otros departamentos más turísticos o comerciales. La mayoría de la gente se desplaza en moto, supongo que porque las distancias son asequibles y solo las principales vías están asfaltadas, e incluso hay taxis que son motos en las que el piloto lleva un chaleco identificativo.

En la agencia, una habitación destartalada con dos ventiladores a toda velocidad, nos marcan nuestra travesía para llegar desde Puerto Maldonado hasta el lodge en el que nos alojaremos durante tres días, inmerso en la Reserva Nacional del Tambopata. El trayecto comienza en el puerto, con vistas al puente de la Carretera Interoceánica que comunica Perú con Brasil, donde se toma una vetusta embarcación de diminuto motor para surcar el Madre de Dios durante cuarenta minutos. En este trayecto se observan artesanales montajes de extracción de oro en la orilla: la minería de oro es uno de los pilares de la economía local.


Navegando por el río Madre de Dios, de aguas pardas y riberas verdes.


Almuerzo en la embarcación: un juane, una suerte de arroz con pollo o gallina y aceitunas que se envuelve en una hoja de bijao para hervir y que posteriormente se conserve en buen estado durante un tiempo.

Una vez alcanzado el desembarcadero de entrada a la reserva, donde debes presentar la autorización para la estancia en una especie de aduana, se debe caminar unos cuatro kilómetros adentrándose en el corazón de las selvas vírgenes de exuberante vegetación de la reserva. La sudorífera caminata termina en el lago Sandoval, donde se coge una pequeña barca a remo para alcanzar el embarcadero de entrada al Sandoval Lake Lodge.


Embarcadero del lodge.

La estampa durante la navegación por el lago Sandoval es inolvidable, un tranquilo lago vestido por aguajes (palmeras de agua) en su perímetro y con los sonidos de las aves de la selva como banda sonora. El vuelo de la grandiosa garza blanca, tan elegante, da la bienvenida. Y ya de noche, un paseo en barca por el lago es más asombroso aún, con la luna iluminando las aguas del lago en las que se reflejan las palmeras. Y allá donde se ven dos puntos rojos brillantes, un sigiloso caimán negro de cinco metros vigilando desconfiado a dos metros de ti. Al no haber nada de contaminación lumínica, si el cielo está raso impresiona la bóveda estrellada y su reflejo en el lago.


Orilla del lago Sandoval repleta de palmeras de agua.


Caimán negro pasando la tarde en el lago.

La vida en el lodge es sosegada, un oasis pacífico de desconexión y contacto con la naturaleza con la hamaca como reina. No hay agua caliente, ni cobertura para el teléfono, ni electricidad salvo la generada por un grupo electrógeno de seis a nueve de la tarde. A esa hora puntual, después de una cena frugal, el motor se silencia y, con él, la actividad en el lodge. Más allá de la remendada mosquitera de la cama quedan solo los sonidos de la selva en la oscuridad.


Entrada a las habitaciones de un sector del lodge.

Las empresas de aventura ofertan diferentes actividades al turista en función de los intereses personales, el estado de forma y la climatología. Una sencilla caminata a través del bosque primario se vive con gran intensidad; el bosque primario o primigenio es aquel que no ha sido talado y reforestado y que, por tanto, cuenta con inmensos árboles centenarios como caobas, castañas o cedros, algunos de ellos con notable valor místico para los nativos.

Llama la atención la lucha por la supervivencia de las especies vegetales en esta región, una supervivencia que se basa en una desesperada pelea por alcanzar los rayos del sol entre la exuberante vegetación. Un árbol parece un ser vivo bonachón y apacible, pero en la selva cada especie lucha por sobrevivir con sus armas, desde palmeras andantes con unas raíces exteriores que le permiten orientarse hacia el sol hasta matapalos que se abrazan a un árbol primero para apoyarse y crecer hacia el sol y después para estrangularlo.


Palmera andante con raíces superficiales.


Matapalos, que parece romántico pero es cruel y aspira a axfisiar al tronco que abraza.


Una simpática amiga en el paseo por el bosque primigenio.

Una de las actividades más demandadas y curiosas consiste en acudir temprano, sobre las cinco de la mañana, a la collpa de palmeras, un rincón anexo al lago donde acuden los guacamayos y los papagayos a almorzar. Estas grandes y vistosas aves se alimentan del aserrín de las palmeras huecas y muertas en un festival de color y sonido (una pena no tener fotos de este mágico momento). Por ser la hora del amanecer, además del espectáculo, se vive el despertar de la selva, con los chillidos-ladridos del mono aullador, el desayuno de las nutrias gigantes en el lago, el torbellino de los monos capuchinos por las copas de los árboles o los primeros vuelos de la jacana y la garza sobre las aguas del Sandoval.


Libélula en un paseo nocturno.


Insecto palo.

También existe la posibilidad de realizar una visita a lo que llaman la isla de los monos, una pequeña isla en mitad del río Madre de Dios habitada exclusivamente por primates. Una asociación sin ánimo de lucro lleva a cabo un proyecto de conservación y protección para rescatar a monos confiscados en zonas urbanas -en ocasiones, maltratados- y enseñarles a sobrevivir en la selva. Aunque eran varias las especies de primates que se enviaron a la isla, a día de hoy los monos araña y los capuchinos han conquistado al resto. Asombra ver cómo descienden a velocidad de vértigo desde lo alto de la copa de descomunales árboles hasta el suelo.


Inmersión en la isla de los monos.


Mono capuchino harto a plátanos ofrecidos por los turistas.

Si la selva en una reserva natural vigilada y adaptada por seguridad al turista -no sería bonito cruzarse por casualidad con un jaguar o una anaconda– desborda tanta vida descontrolada, me fascina imaginar cómo vibrará el corazón de la amazonía virgen y qué batallas se librarán en su seno por supervivencia.

Si estremece sentarte a oscuras en mitad de la noche en un sendero que ya has recorrido entre ruidos desconocidos que acechan alucinaciones, me aterra fantasear con caer una noche cualquiera en las entrañas ocultas de la vegetación selvática.

Si asusta navegar en una sobria barca a remo aunque el guía diga que los caimanes son pacíficos, me atemoriza pensar en tener que cruzar a nado el lago o el río de aguas opacas habitado por invisibles peligros y otros tan identificados como las pirañas rojas o los propios caimanes negros.

El ser humano ha conquistado todas las zonas habitables del planeta y, desde un prisma frío y prepotente, podríamos decir que somos los reyes del mundo; no se me ocurre mejor cura de humildad que pasar unos días en la selva expuestos a la intemperie.

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